Si vieron y votaron los tochazos de cuentos publicados, sabrán que la cosa no se terminó con el premio al Mejor Relato de Halloween dado hace poco. No. Aún falta el premio del que habló el señor Lovegood, si, me refiero al ofrecimiento para ser Reporteros de A Vuelapluma ¿No me digan que se les había olvidado? Entiendo, se les pasó. Mucho partido de Quidditch (Slytherins del demo... ¿qué dices Ima? ¿objetividad? U.u chauchas...) muchos Aventajados, pero ¿y los ganadores qué?
Bueno éstos son *redoble de tambores* :
"Cuarto Relato" y
"Veneno de la venganza" :D
¡Felicidades! los autores, en cuanto lean esto y recuperen el aliento, contacten enseguida por lechuza a la autoridad escolar que vean primero :D o con nosotros, sin más y podrán reclamar su puesto ^^
Para el resto de los alumnos, esperamos ver una participación igual o mayor que la que ha habido hasta ahora, los Concursos WizzHard Books y todos los Concursos en general, agradecen y valoran vuestra participación activa. Saluda atentamente
Anne Gaultier (se cansarán de verme publicar juasjuas)
A Vuelapluma es el periódico escolar del foro de la página web Andén 9¾, en el que podrás enterarte de todo lo que ocurra de mano de nuestros foristas.
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domingo, 8 de noviembre de 2009
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Concurso de Imágenes
¡Queridos compañeros!
En vista de que el concurso de imágenes pareció no llegar a demasiada gente, relanzamos el anuncio desde la redacción.
Se trata de presentarnos una serie de cabeceras (acordes unas con otras) para el periódico, (tal vez 300x90(px) sería una buena dimensión, aunque no es una norma, podéis ampliarla o reducirla, pero a la vez debe ser algo discretito, que no destaque más que el artículo, pero que tampoco parezca escondido), de modo que os dejo la lista de Secciones: Actualidad, Educación, Deportes, Gossip Witch, Cartas&Anuncios, Proteste Ya y Personaje de la Semana.
Damos libertad al artista para realizar la imagen (el banner) en el ambiente que desee, y que incluya lo que le apetezca (brushes, texturas, letras, marcos, filtros…) puede incluso experimentar y probar cosas nuevas. Podéis presentar más de una serie de imágenes para que veamos la amplitud de posibilidades de cada uno y la gama de diseños que podéis llegar a desplegar. Además podéis usar la cámara que deseéis (photoshop, GIMP o programas similares) siempre y cuando la foto salga decente y digna del periódico.
El ganador del concurso, será contratado por la Redacción como fotógrafo oficial (paparazzi), y será el encargado de diseñar los carteles que precisemos para nuestros anuncios (o para los vuestros), de construir los gráficos que precisemos, de retratar a nuestros entrevistados, de fotografiar las pruebas más jugosas de nuestros Gossips (aunque a ella no le hagan falta grafías para demostrar que lo que dice es cierto) y de perseguir con su objetivo a todo bicho viviente (además cobran más ).
Además, ampliamos el plazo de presentación de vuestros trabajos hasta el día 22 de Noviembre, domingo.
¡Animáos! Sabemos que muchos adoráis este tipo de cosas, no os pongáis perezosos y al ataque. Esperamos vuestras imágenes en la redacción
¡suerte!
Ima W. Bendeth.
En vista de que el concurso de imágenes pareció no llegar a demasiada gente, relanzamos el anuncio desde la redacción.
Se trata de presentarnos una serie de cabeceras (acordes unas con otras) para el periódico, (tal vez 300x90(px) sería una buena dimensión, aunque no es una norma, podéis ampliarla o reducirla, pero a la vez debe ser algo discretito, que no destaque más que el artículo, pero que tampoco parezca escondido), de modo que os dejo la lista de Secciones: Actualidad, Educación, Deportes, Gossip Witch, Cartas&Anuncios, Proteste Ya y Personaje de la Semana.
Damos libertad al artista para realizar la imagen (el banner) en el ambiente que desee, y que incluya lo que le apetezca (brushes, texturas, letras, marcos, filtros…) puede incluso experimentar y probar cosas nuevas. Podéis presentar más de una serie de imágenes para que veamos la amplitud de posibilidades de cada uno y la gama de diseños que podéis llegar a desplegar. Además podéis usar la cámara que deseéis (photoshop, GIMP o programas similares) siempre y cuando la foto salga decente y digna del periódico.
El ganador del concurso, será contratado por la Redacción como fotógrafo oficial (paparazzi), y será el encargado de diseñar los carteles que precisemos para nuestros anuncios (o para los vuestros), de construir los gráficos que precisemos, de retratar a nuestros entrevistados, de fotografiar las pruebas más jugosas de nuestros Gossips (aunque a ella no le hagan falta grafías para demostrar que lo que dice es cierto) y de perseguir con su objetivo a todo bicho viviente (además cobran más ).
Además, ampliamos el plazo de presentación de vuestros trabajos hasta el día 22 de Noviembre, domingo.
¡Animáos! Sabemos que muchos adoráis este tipo de cosas, no os pongáis perezosos y al ataque. Esperamos vuestras imágenes en la redacción
Ima W. Bendeth.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Relato Concurso
De paso, recordarles que tienen tiempo hasta el viernes de votar. De ser posible, si puntúan un relato también los otros. En el anuncio del concurso están colgados todos para que los encuentren más fácil ^^
El veneno de la venganza
Sus labios se despegaron de los de él con una suave resonancia hueca. Deslizó su mano a través de la de él y disfrutó de aquel agradable aroma que desprendía su piel. Un tanto húmedo, pero a la vez dulzón.
- Te quiero –murmuró, dándole un último beso en la mejilla. Sin despegar sus ojos de él mientras se alejaba, desapareció del recibidor escaleras abajo, en dirección al sótano. Al ingresar a su Sala Común, descubrió a su mejor amiga esperándola. Con una sonrisa de oreja a oreja le contó con todos los detalles la maravillosa velada que había pasado junto al joven más guapo de Slytherin… y de todo el colegio. No podía creer lo afortunada que era. Ella, una humilde tejona, junto a la más elegante y sofisticada serpiente. Era simplemente perfecto…
Excepto por una cosa. No tenía la más remota idea de que no habían sido los únicos presentes durante su paseo por los oscuros terrenos a la romántica luz de la luna. Otro par de ojos, coronados por una lengua bífida, la habían estado observando.
Al dormirse aquella noche tuvo un sueño. Caminaba por el bosque, disfrutando del arrullador murmullo de las hojas, en la soledad más atrayente que hubiese estado jamás. Los pies descalzos acariciaban la hierba fresca y sus largos cabellos revoloteaban con el susurrar de la fresca brisa de primavera. Un siseante movimiento a sus espaldas quebró la paz que la rodeaba, haciendo que se detuviese. Se volteó de manera abrupta para encontrarse con una gran boa pitón de un escalofriante color naranja frente a ella. Sus ojos rojos penetraron sus cuencas oculares, produciéndole una aguda punzada de dolor en la sien. Sin embargo, no podía moverse. La belleza aterrorizante que poseía el reptil constrictor la hipnotizaba. La serpiente se acercó y se deslizó entre sus piernas, comenzando a enroscarse entre ellas. En cuanto comenzó a presionar…
Despertó con un histérico grito, bañada en sudor y con la respiración agitada. Aún a pesar de ello, pudo notar un leve movimiento en las cortinas de su cama, lo que la hizo aterrorizarse aún más. Prestas acudieron sus compañeras de cuarto, intentando calmarla. El dolor era aún muy reciente y al examinar sus tobillos, unas ligeras marcas rojizas se podían observar en ellos. La calmaron justificando que las sábanas probablemente se habrían enroscado en su cuerpo cuando dormía, aunque esa noche ninguna pudo volver a descansar tranquila.
A la mañana siguiente, su vida continuó tan utópica como siempre, las mismas clases, el almuerzo, el agradable descanso de la tarde, la cena en el cálido ambiente del Gran Comedor… él. Otra noche más que pasaba en su compañía y ya podía sentir como su ser se estremecía con su mera presencia. En uno de esos paseos que a pesar del escaso tiempo juntos ya eran un hábito, algún tronco traicionero hizo que su querido amor cayera y se lastimase el brazo con el roce agresivo contra la hierba. Como no era nada preocupante, decidió ir a la enfermería. Pero ella no. Era demasiado atrayente la inusitada calma que se podía observar precisamente aquel día.
Se quedó recorriendo solitaria las grandes extensiones, cuando una fugaz agitación entre los arbustos del bosque lindante llamó su atención. Sabía que era peligroso, pero la curiosidad podía más que ella. Se aproximó con cautela, pero percibió otra sacudida entre los árboles de más allá. Decidida a no fracasar en su exploración, continuó avanzando hasta que pronto se encontró en el bosque. En el mismo lugar que su pesadilla. Otra vez ese susurrante vaivén a sus espaldas. Comenzó a sudar y sus extremidades a temblar. Se giró lentamente y se encontró con…
- Tú… ¿Qué haces aquí? –a su pregunta unos fríos ojos marrón rojizo le devolvieron la mirada-. ¿Tú que haces aquí? –siseó ella – creía que estas horas no eran propias para que los tejones anduvieran sueltos por el bosque… Cualquier depredador podría atacarlos… -su voz sonó claramente como una advertencia, una amenaza.
- Yo… Estaba… -comenzó, dubitativa. Sin embargo, la Slytherin la interrumpió. -Con él, ¿verdad? Al parecer, una estúpida y horrorosa sangre sucia puede mover montañas, mientras una se tiene que resignar con agarrar las sobras.
- No es… -trató de justificarse, pero no tuvo tiempo de nada más. –¡Silencius! Por mucho tiempo pensé que no era cierto, que él no podría fijarse en ti. Pero veo que me equivocaba… No… - la detuvo, al ver que amenazaba con salir corriendo. -¡Locomotor mortis! –las piernas de la pobre Hufflepuff se pegaron una contra la otra, impidiéndole moverse con facilidad.
- ¿Acaso planeas huir? Vengo pensando esto desde que vi su mirada puesta en ti. Y no te escaparás. No, no –gruñó la esbelta morocha. Su figura alta de séptimo año atemorizaba a cualquiera. Incluso aunque estuviese en sexto, como la otra. –Ahora verás lo que le pasa a aquellas que juegan con fuego…
Con un rápido latigazo de su brazo la golpeó contra un árbol cercano. Hizo surgir de la punta de su varita una cuerda y la ató a él. Cuando la tuvo bien aferrada, esbozó una sonrisa cubierta de malicia. Se acercó a ella y con el rostro lleno de placer insano, acarició su regordeta y rosada mejilla con su lengua.
- El dulce sabor de la inocencia… Lástima que después de hoy no vaya a quedar nada de él –comentó despreocupadamente, adquiriendo un leve tono amenazador luego. –Ni de ti. Estamos en terrenos cercanos al territorio de las acromántulas, ¿sabías? Y he oído que están hambrientas de carne fresca… Tu pareces tener suficiente, ¿verdad? Lástima que nadie venga a rescatarte, pues no podrán oírte… –soltó una escalofriante carcajada que hizo erizar el vello de la tejona. Se acercó a escasos centímetros de su rostro y murmuró, por última vez:
– The itsy bitsy spider went up the water spout… - una risita entre infantil y malvada inundó los oídos de la pobre y desdichada Hufflepuff, antes que la morocha se retorciera en un repentino espasmo y cayera al suelo en forma de boa pitón anaranjada. El reptil rodeó los pies con su cuerpo cilíndrico y ascendió por el tronco hasta llegar a la altura de la asustada cara de la chica. Su lengua bífida acarició por última vez las mejillas ahora carentes de color de la muchacha y volvió a pegarse al suelo, para desaparecer de allí.
La desesperación y la agonía eran las únicas presentes en el delicado cuerpo de la rubia tejona. Las lágrimas recorrían sus mejillas en un silencioso quejido desgarrador. El silencio era quebrado solamente por el ruido producido por el viento al recorrer travieso el espacio entre los árboles. De pronto, su intuición femenina pudo percibir otro sonido distinto. La música distante de los festejos de Halloween en el castillo llegaba a sus oídos. Extenuada, entrecerró los ojos… Nadie iría a rescatarla, moriría allí. Un chasquido de pinzas a sus espaldas hizo que se le erizara nuevamente la piel. Entonces supo que era el final…
El veneno de la venganza
Sus labios se despegaron de los de él con una suave resonancia hueca. Deslizó su mano a través de la de él y disfrutó de aquel agradable aroma que desprendía su piel. Un tanto húmedo, pero a la vez dulzón.
- Te quiero –murmuró, dándole un último beso en la mejilla. Sin despegar sus ojos de él mientras se alejaba, desapareció del recibidor escaleras abajo, en dirección al sótano. Al ingresar a su Sala Común, descubrió a su mejor amiga esperándola. Con una sonrisa de oreja a oreja le contó con todos los detalles la maravillosa velada que había pasado junto al joven más guapo de Slytherin… y de todo el colegio. No podía creer lo afortunada que era. Ella, una humilde tejona, junto a la más elegante y sofisticada serpiente. Era simplemente perfecto…
Excepto por una cosa. No tenía la más remota idea de que no habían sido los únicos presentes durante su paseo por los oscuros terrenos a la romántica luz de la luna. Otro par de ojos, coronados por una lengua bífida, la habían estado observando.
Al dormirse aquella noche tuvo un sueño. Caminaba por el bosque, disfrutando del arrullador murmullo de las hojas, en la soledad más atrayente que hubiese estado jamás. Los pies descalzos acariciaban la hierba fresca y sus largos cabellos revoloteaban con el susurrar de la fresca brisa de primavera. Un siseante movimiento a sus espaldas quebró la paz que la rodeaba, haciendo que se detuviese. Se volteó de manera abrupta para encontrarse con una gran boa pitón de un escalofriante color naranja frente a ella. Sus ojos rojos penetraron sus cuencas oculares, produciéndole una aguda punzada de dolor en la sien. Sin embargo, no podía moverse. La belleza aterrorizante que poseía el reptil constrictor la hipnotizaba. La serpiente se acercó y se deslizó entre sus piernas, comenzando a enroscarse entre ellas. En cuanto comenzó a presionar…
Despertó con un histérico grito, bañada en sudor y con la respiración agitada. Aún a pesar de ello, pudo notar un leve movimiento en las cortinas de su cama, lo que la hizo aterrorizarse aún más. Prestas acudieron sus compañeras de cuarto, intentando calmarla. El dolor era aún muy reciente y al examinar sus tobillos, unas ligeras marcas rojizas se podían observar en ellos. La calmaron justificando que las sábanas probablemente se habrían enroscado en su cuerpo cuando dormía, aunque esa noche ninguna pudo volver a descansar tranquila.
A la mañana siguiente, su vida continuó tan utópica como siempre, las mismas clases, el almuerzo, el agradable descanso de la tarde, la cena en el cálido ambiente del Gran Comedor… él. Otra noche más que pasaba en su compañía y ya podía sentir como su ser se estremecía con su mera presencia. En uno de esos paseos que a pesar del escaso tiempo juntos ya eran un hábito, algún tronco traicionero hizo que su querido amor cayera y se lastimase el brazo con el roce agresivo contra la hierba. Como no era nada preocupante, decidió ir a la enfermería. Pero ella no. Era demasiado atrayente la inusitada calma que se podía observar precisamente aquel día.
Se quedó recorriendo solitaria las grandes extensiones, cuando una fugaz agitación entre los arbustos del bosque lindante llamó su atención. Sabía que era peligroso, pero la curiosidad podía más que ella. Se aproximó con cautela, pero percibió otra sacudida entre los árboles de más allá. Decidida a no fracasar en su exploración, continuó avanzando hasta que pronto se encontró en el bosque. En el mismo lugar que su pesadilla. Otra vez ese susurrante vaivén a sus espaldas. Comenzó a sudar y sus extremidades a temblar. Se giró lentamente y se encontró con…
- Tú… ¿Qué haces aquí? –a su pregunta unos fríos ojos marrón rojizo le devolvieron la mirada-. ¿Tú que haces aquí? –siseó ella – creía que estas horas no eran propias para que los tejones anduvieran sueltos por el bosque… Cualquier depredador podría atacarlos… -su voz sonó claramente como una advertencia, una amenaza.
- Yo… Estaba… -comenzó, dubitativa. Sin embargo, la Slytherin la interrumpió. -Con él, ¿verdad? Al parecer, una estúpida y horrorosa sangre sucia puede mover montañas, mientras una se tiene que resignar con agarrar las sobras.
- No es… -trató de justificarse, pero no tuvo tiempo de nada más. –¡Silencius! Por mucho tiempo pensé que no era cierto, que él no podría fijarse en ti. Pero veo que me equivocaba… No… - la detuvo, al ver que amenazaba con salir corriendo. -¡Locomotor mortis! –las piernas de la pobre Hufflepuff se pegaron una contra la otra, impidiéndole moverse con facilidad.
- ¿Acaso planeas huir? Vengo pensando esto desde que vi su mirada puesta en ti. Y no te escaparás. No, no –gruñó la esbelta morocha. Su figura alta de séptimo año atemorizaba a cualquiera. Incluso aunque estuviese en sexto, como la otra. –Ahora verás lo que le pasa a aquellas que juegan con fuego…
Con un rápido latigazo de su brazo la golpeó contra un árbol cercano. Hizo surgir de la punta de su varita una cuerda y la ató a él. Cuando la tuvo bien aferrada, esbozó una sonrisa cubierta de malicia. Se acercó a ella y con el rostro lleno de placer insano, acarició su regordeta y rosada mejilla con su lengua.
- El dulce sabor de la inocencia… Lástima que después de hoy no vaya a quedar nada de él –comentó despreocupadamente, adquiriendo un leve tono amenazador luego. –Ni de ti. Estamos en terrenos cercanos al territorio de las acromántulas, ¿sabías? Y he oído que están hambrientas de carne fresca… Tu pareces tener suficiente, ¿verdad? Lástima que nadie venga a rescatarte, pues no podrán oírte… –soltó una escalofriante carcajada que hizo erizar el vello de la tejona. Se acercó a escasos centímetros de su rostro y murmuró, por última vez:
– The itsy bitsy spider went up the water spout… - una risita entre infantil y malvada inundó los oídos de la pobre y desdichada Hufflepuff, antes que la morocha se retorciera en un repentino espasmo y cayera al suelo en forma de boa pitón anaranjada. El reptil rodeó los pies con su cuerpo cilíndrico y ascendió por el tronco hasta llegar a la altura de la asustada cara de la chica. Su lengua bífida acarició por última vez las mejillas ahora carentes de color de la muchacha y volvió a pegarse al suelo, para desaparecer de allí.
La desesperación y la agonía eran las únicas presentes en el delicado cuerpo de la rubia tejona. Las lágrimas recorrían sus mejillas en un silencioso quejido desgarrador. El silencio era quebrado solamente por el ruido producido por el viento al recorrer travieso el espacio entre los árboles. De pronto, su intuición femenina pudo percibir otro sonido distinto. La música distante de los festejos de Halloween en el castillo llegaba a sus oídos. Extenuada, entrecerró los ojos… Nadie iría a rescatarla, moriría allí. Un chasquido de pinzas a sus espaldas hizo que se le erizara nuevamente la piel. Entonces supo que era el final…
domingo, 1 de noviembre de 2009
Sueños Premonitores
Sueños premonitores
Rangan se despertó sobresaltado al escuchar un ruido en su habitación. Miró hacia los lados y se volvió a relajar, aunque solo fuese por unos breves segundos, pues vio que quien hacia ruidos era su rata Bisuts, royendo una galleta en una esquina de su cama. Pretendía volver a dormirse cuando recordó que a media noche tenía clase de Astronomía. Miró al reloj. ¡Las doce menos siete! Iba llegaba tarde otra vez. Seguro que la profesora Sinistra lo tiraría de la torre de astronomía algún día.
Salió corriendo de los dormitorios masculinos con un único pensamiento en la cabeza; tenía que subir los siete pisos del castillo y luego la torre de astronomía corriendo, si quería llegar puntual.
Descendió las escaleras de los dormitorios y llego a la sala común de Hufflepuff. Todo parecía en orden, pero a la vez algo no encajaba en esa estancia, donde las sillas y los sofás estaban repartidos por doquier, estaba desierta. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza y fue directo al cuadro que custodiaba la entrada de la sala. Llegó al pasillo de las cocinas y sin tener tiempo de disfrutar del embriagador olor que inundaba el pasillo mañana, tarde y noche, echo a correr hacia el recibidor.
Había llegado al pasillo de la segunda planta, cuando un rugido que pedía sangre inundo por unos momentos el castillo y le hizo parar en seco su carrera. ¿Qué había sido eso? Miro hacia su espalda y vio a una enorme criatura que reptaba hacia él. Tenía forma de serpiente, pero a diferencia de esta, la que tenía acercándose hacia él era enorme. Sus colmillos eras del mismo tamaño que Rangan o mayores y en cuanto la criatura lo miro a los ojos este no pudo hacer otra cosa que temblar.
Era como si sus pies hubiesen perdido toda la fuerza que tenían y se hubiesen convertido en pesadas rocas imposibles de mover. La serpiente miró un segundo mas al chico a los ojos, a este le pareció atisbar un brillo de decisión en esos enormes y amarillos ojos. La serpiente gigante se abalanzo sobre él con las fauces abiertas de par en par, dispuesta a devorarlo. Rangan cerró los ojos y espero el final, pero este no llego. Cuando tuvo el valor de volver a abrir los ojos, pensó que alguien le estaba tomando el pelo. La criatura lo estaba traspasando. Entonces se dio de cuenta de que no era tangible, parecía un fantasma y al marcharse hacia otro pasillo volvió a rugir.
Ahora Rangar corría más deprisa que antes, intentando encontrar a alguien. Ya no le importaba no llegar puntual a clase de astronomía, tenía una buena escusa para no hacerlo. Con novatada que le habían echo se habían pasado de la ralla, así que se lo contaría todo a la profesora Sprout, al día siguiente, para que se encontrara al responsable.
Al llegar al quinto piso, se dio cuenta de que una parte de la pared del castillo estaba completamente derrumbada. Por el agujero entraba el viento frío del invierno. Rangar tuvo que parar a tomar aire un momento, sosteniéndose en el pasamano de la escalera.
Oyó unos gritos y al momento se encontró de bruces contra el suelo. Noto como la temperatura del ambiente subía tanto que se le agrietaron los labios. El cuerpo que lo había placado lo protegía casi completamente de las llamas, pero aun así, grito mientras notaba como sus manos y tobillos ardían bajo las incesantes llamas. Cuando por fin paro, alguien lo arrastro consigo. Era una chica de Griffindor, mayor que él. Otros dos chicos arrastraron hasta detrás de la misma pared, en donde se habían protegido, a su salvador. La mayor parte de su piel estaba consumida por el fuego y lo único que él hacia era gritar de dolor.
- ¡En que estabas pensando!- le grito la chica de Gryffindor mientras los otros dos chicos intentaban ayudar al herido- ¡Es que no sabes que los pequeños no podéis estar aquí!
- Yo… no…. Yo- empezó a balbucear Rangar, pero no podía pensar con claridad. Las lágrimas empezaron a salir en tropel, deslizándose suavemente por sus mejillas sonrosadas.
- ¡Adine, tenemos que llevarlo a donde algún profesor!- le gritó de repente un chico de Ravenclaw a la chica de Griffindor.
Después de atender al plan, a la de tres el grupo de alumnos salió corriendo hacia las escaleras que van al sexto piso, mientras llevaban a hombros a su compañero herido. Rangar se queda en medio del grupo, como le habían ordenado.
Una segunda llamarada corrió a embestirlos, pero los chicos alzaron sus varitas y gritaron al unísono:
- ¡Protego!
Rangar se queda maravillado al ver lo bien que habían hecho el escudo protector, pero la sonrisa que se le estaba dibujando en el rostro terminó convirtiéndose en una mueca de horror al ver que era lo que originaba la llama. Un dragón, de un rojo vivo como el de su lama, intentaba entrar al castillo por el agujero que estaba haciendo en la roca. Asustado, siguió subiendo las escaleras protegido por el hechizo.
Justo en el momento en el que iban a llegar al sexto piso, la escalera comienzó a cambiar. A todos les dió tiempo de llegar con un pequeño salto hasta el pasillo del sexto piso, pero Rangan era más pequeño y el pequeño salto de los demás para el era un gran salto que no se atrevió a dar. Tuvo suerte de que el dragón ceso su llamarada para tomar aire y luego, continúo atacando al grupo, ignorándolo a él o no viéndolo.
Cuando la escalera paro, había llegado a la séptima planta. Empezó a caminar silenciosamente, apoyando la espalda a la pared. Este último piso, estaba más tenebroso que los demás. Las luces habían sido apagadas.
No sabía lo que hacer, cuando recordó que la profesora Sinistra, con un poco de suerte, estaría en la torre de astronomía.
Se dirigió hacia la izquierda y estaba a mitad de camino de la torre cuando oyó uso pasos detrás de él. A los que se le sumaron muchísimos pasos más. Apenas veía lo que tenía a medio metro suya, con nitidez, pero si que llegaba a ver unas cuantas sombras moviéndose:
- ¿Quién anda hay?- preguntó intentando no parecer asustado, pero sin conseguirlo.
No podía evitar pensar que el no sabía ningún ataque ofensivo ni defensivo, puesto que iba a primero y todavía estaban dando clases teóricas.
No recibió ninguna respuesta. Fue caminando hacia atrás lo más rápido que pudo. Los pasos también subieron su ritmo.
A cinco pasos de llegar a tocar el pomo de la puerta de la torre, oyó un claro chasquido ¡Chas! A su espalda. Lentamente se dio la vuelta y vio una araña del tamaño de un San Bernardo, colgando boca abajo desde el techo. Dio un paso hacia atrás para alejarse de ella, cuando volvió a oír, varias veces, el sonido del chasquido a su alrededor.
En un momento se vio rodeado de unas seis arañas gigantes que parecían estar hambrientas. Su instinto de supervivencia fue más rápido de lo que las arañas esperaban y él ya estaba abriendo la puerta de la torre, cuando las estas reaccionaron.
Tuvo el tiempo justo de cerrar la puerta y oír el choque de las arañas contra la puerta cuando alguien lo inmovilizó y lo arrastro escaleras arriba.
En cuanto llegaron arriba del todo, quien lo inmovilizaba lo tiró al suelo y se dio de bruces. Miró hacia la silueta que se alzaba delante de él, era la profesora Sinistra y lo apuntaba con la varita.
- Profesora, tranquila- le dijo pensando que la profesora estaría asustada y por eso actuaba tan agresivamente- soy Ragnar Helgeson, uno de sus alumnos.
- Pues llegas tarde a clase- oyó decir a una voz distinta a la de la profesora, la cual, se río burlona- La profesora en estos momentos esta, digamos… bajo mi control.- un alumno de Slytherin de séptimo curso se mostró ante Rangar con una mirada demente y una sonrisa frívola en el rostro.
A un lado de este había un objeto que brillaba con una luz verde y roja en su interior, mientras unos cuantos elementos giraban a su alrededor. El Slytherin advirtió la mirada de Rangar y sonrió más ampliamente.
- ¿Te gusta?- preguntó en tono burlón- llevo mucho tiempo intentando que esta máquina funcione. Con ella conseguiré que el Señor Tenebroso vuelva y así, juntos, terminaremos con todos esos asquerosos sangre sucia, cosa que tanto necesita el mundo mágico- terminó la frase gritando.
Era obvio de que no se dirigía a Rangar, sino que solo estaba alimentando más su locura. No obstante, el chico, sacó al Slytherin de su mundo de fantasía:
- Es imposible, no se puede resucitar a los muertos.- dijo pálido como el mármol.
Con una risa demencial, el Slytherin río por lo bajo.
- Tienes razón chico- le dijo acercándose a él- pero yo no quiero resucitar a nadie, lo que yo quiero es traer al Señor Tenebroso del pasado y por ello he roto la línea del espacio-tiempo. Dentro de poco al igual que las acromántulas de la batalla en la que mi señor cayó, los dragones del torneo de los tres magos o el Basilisco del heredero de Slytherin, el también estará de vuelta.
Entonces Rangar al recordar al Basilisco gritó:
- ¡Solo son ilusiones, no son corpóreas, no te servirá de nada!
- ¡Estúpido ignorante!- le dijo con desprecio el Slytherin- Eso solo ocurre al principio, cuando estas destruyendo la línea del espacio-tiempo.- hizo un movimiento con la varita y la profesora Sinistra agarró a Rangar fuertemente del brazo, lo arrastro hasta la barandilla y lo tiro desde la torre de astronomía- ¡Estúpido! Tú no merecías ver el triunfal regreso del Señor Tenebroso.- Lo único que pudo hacer Rangar mientras caía desde la torre fue gritar.
***
Rangar se despertó gritando en su cuarto. Había soñado cosas horribles, pero estas habían sido más reales que cuando tenía simples pesadillas.
Estaba sudando frío y temblaba, pero aun así, tenía unas ganas terribles de contarle el sueño a algún compañero. Así que salió disparado de su dormitorio a la sala común, para encontrar algún amigo con el que hablar, sin darse cuenta de que, desde el otro lado de la ventana, ocho ojos lo observaban.
sábado, 31 de octubre de 2009
La pesadilla la despertó...
E aquí un nuevo relato de escalofriante terror. Rogamos a los que halláis votado en otros relatos que lo hagáis también en los demás. Gracias :D
La pesadilla la despertó de una forma tan brusca y amena, que dudaba si realmente estaba despierta. Todas las noches el mismo sueño…
Miles de sentimientos lograban hacer que sus más mínimos sentidos se disparasen alertas.
Frío. Miedo. Soledad. Fatiga. Inquietud. Recelo. Pánico. Pavor. Temor. Perturbación. Terror…
Levanta. Vamos, niña.
Y así lo hizo ella, casi inconscientemente, notando el flequillo y el pijama adheridos al cuerpo completamente empapado.
Un trueno al otro lado de la ventana ahogó su respiración agitada durante dos segundos demasiado exactos, y ella, pobre desgraciada, se giró en redondo hacia el cristal, observando el exterior con pesar.
Buenas noches dijo el sueño ¿Por qué despiertas?
No lo sé, quiso contestarle la muchacha, pero la voz no llegó a aflorar de sus labios secos y agrietados.
Desvió la mirada sin darse cuenta hacia el reloj que había en la pared. Todavía no pasaban de las doce…, todavía no era uno de noviembre.
Se obligó a sí misma a serenarse y dejar de temblar, pues eso no era propio de un Gryffindor. ¿Miedo? Ese era un sentimiento que no debería existir en su vocabulario, y sin embargo...
¿Miedo? Inquirió el sueño con la voz dulce, dejando arrastrar palabras invisibles…
Ella cerró los ojos con fuerza y se tapó la cabeza con la almohada, como si así pudiese espantar aquella voz hipnótica de su mente. Le sonaba como el más puro y dulce de los venenos.
¿Quieres venir a jugar? Volvió a preguntar el sueño, insistente.
Ella se quitó las sábanas de encima casi sin darse cuenta y salió de la cama justo cuando otro trueno quebró el exterior. Alzó la cabeza y miró el techo, como si el sueño estuviese atrapado entre aquellas baldosas, susurrándole al oído.
Encuéntrame donde el agua y la tierra se juntan para ayudar a un viejo amigo resonaron las palabras en su mente. Ella se relajó y suspiró en medio de la habitación, cohibida. No tenía otro remedio, ella quería la voz. Era demasiado hermosa para ignorarla.
Sus pies se movieron solos hacia la puerta, como títeres manejados por una sutil amenaza incorpórea.
Donde el agua y la tierra se junten… pensó, sumiéndose en la inconsciencia sin notarlo. El sueño era demasiado silencioso, y sabía exactamente lo que quería y cuándo lo quería.
¿Quieres jugar? Canturreó su eco lejano, recordándole lo que estaba buscando.
Aquella pesadilla guió su cuerpo hacia el exterior, empapándola por completo sin si quiera percatarse. El Sauce Boxeador se presentó ante ellas como una enorme sombra que la resguardaba de la lluvia.
El sueño introdujo sus pies en un charco, y ella pareció recobrar unos momentos su mente.
Donde el agua y la tierra se junten… pensó, alzando la mirada hacia la copa del sauce, embelesada.
Como una embestida, el sueño recobró con fuerza el cuerpo de Ella, guiándolo dentro del pasadizo que había justo en el interior del árbol. Tropezó dos, tres veces… y fue entonces cuando la niña se percató de que el sueño se debilitaba dentro de ella, permitiéndola pensar de nuevo durante unos escasos segundos.
Frío. Pánico. Atracción.
Se sorprendió a sí misma temblando cuando sus pies descalzos y mojados comenzaron a subir las malogradas escaleras de la casa de Hogsmeade.
¿Tienes frío? La voz del sueño sonó casi irónica. Dulce e hipnótica en su oído, retornando a su mente y encadenando su libre albedrío de nuevo.
Ella lloró en silencio a medida que su destino se acercaba, sin saber muy bien por qué lo hacía, tal vez lloraba por que no quería subir las escaleras. Tal vez no quería seguir al sueño.
Su cuerpo alcanzó el picaporte de la puerta, pero sabía bien que no era ella la que quería abrir esa puerta. La puerta no cedió a la primera, por lo que su mano acarició la punta de su varita involuntariamente.
- Alohomora.
La puerta se abrió con un leve clic, un reloj dio las doce y de repente todo fue más deprisa.
El sueño salió de su cuerpo con urgencia, y su niebla se situó justo delante de la cara de la muchacha, muy cerca. A ella le pareció ver una leve sonrisa en su rostro…, y quiso correr,
pero sus piernas no llegaron a moverse.
Había quedado encerrada en su hechizo… ¿o se trataba eso del miedo? Tantas veces había oído hablar de ese sentimiento y ahora que lo experimentaba, no era capaz de traicionar a su cuerpo.
- Yo soy la luz –la voz del sueño sonó más grave y horrible de la dulce voz que antes le hablaba al oído- Yo soy la oscuridad, y estoy en todos los lugares donde debo estar. Préstame tu cuerpo, deja entrar mi alma, ya no quiero ser un muerto.
La última de las campanadas resonó por toda la casa, y cuando el sueño rió por última vez, ella congeló sus gritos a través del tiempo. Fue entonces cuando todo pareció repetirse.
La pesadilla la despertó de una forma tan brusca y amena, que dudaba realmente estar despierta. Todas las noches el mismo sueño…
La pesadilla la despertó de una forma tan brusca y amena, que dudaba si realmente estaba despierta. Todas las noches el mismo sueño…
Miles de sentimientos lograban hacer que sus más mínimos sentidos se disparasen alertas.
Frío. Miedo. Soledad. Fatiga. Inquietud. Recelo. Pánico. Pavor. Temor. Perturbación. Terror…
Levanta. Vamos, niña.
Y así lo hizo ella, casi inconscientemente, notando el flequillo y el pijama adheridos al cuerpo completamente empapado.
Un trueno al otro lado de la ventana ahogó su respiración agitada durante dos segundos demasiado exactos, y ella, pobre desgraciada, se giró en redondo hacia el cristal, observando el exterior con pesar.
Buenas noches dijo el sueño ¿Por qué despiertas?
No lo sé, quiso contestarle la muchacha, pero la voz no llegó a aflorar de sus labios secos y agrietados.
Desvió la mirada sin darse cuenta hacia el reloj que había en la pared. Todavía no pasaban de las doce…, todavía no era uno de noviembre.
Se obligó a sí misma a serenarse y dejar de temblar, pues eso no era propio de un Gryffindor. ¿Miedo? Ese era un sentimiento que no debería existir en su vocabulario, y sin embargo...
¿Miedo? Inquirió el sueño con la voz dulce, dejando arrastrar palabras invisibles…
Ella cerró los ojos con fuerza y se tapó la cabeza con la almohada, como si así pudiese espantar aquella voz hipnótica de su mente. Le sonaba como el más puro y dulce de los venenos.
¿Quieres venir a jugar? Volvió a preguntar el sueño, insistente.
Ella se quitó las sábanas de encima casi sin darse cuenta y salió de la cama justo cuando otro trueno quebró el exterior. Alzó la cabeza y miró el techo, como si el sueño estuviese atrapado entre aquellas baldosas, susurrándole al oído.
Encuéntrame donde el agua y la tierra se juntan para ayudar a un viejo amigo resonaron las palabras en su mente. Ella se relajó y suspiró en medio de la habitación, cohibida. No tenía otro remedio, ella quería la voz. Era demasiado hermosa para ignorarla.
Sus pies se movieron solos hacia la puerta, como títeres manejados por una sutil amenaza incorpórea.
Donde el agua y la tierra se junten… pensó, sumiéndose en la inconsciencia sin notarlo. El sueño era demasiado silencioso, y sabía exactamente lo que quería y cuándo lo quería.
¿Quieres jugar? Canturreó su eco lejano, recordándole lo que estaba buscando.
Aquella pesadilla guió su cuerpo hacia el exterior, empapándola por completo sin si quiera percatarse. El Sauce Boxeador se presentó ante ellas como una enorme sombra que la resguardaba de la lluvia.
El sueño introdujo sus pies en un charco, y ella pareció recobrar unos momentos su mente.
Donde el agua y la tierra se junten… pensó, alzando la mirada hacia la copa del sauce, embelesada.
Como una embestida, el sueño recobró con fuerza el cuerpo de Ella, guiándolo dentro del pasadizo que había justo en el interior del árbol. Tropezó dos, tres veces… y fue entonces cuando la niña se percató de que el sueño se debilitaba dentro de ella, permitiéndola pensar de nuevo durante unos escasos segundos.
Frío. Pánico. Atracción.
Se sorprendió a sí misma temblando cuando sus pies descalzos y mojados comenzaron a subir las malogradas escaleras de la casa de Hogsmeade.
¿Tienes frío? La voz del sueño sonó casi irónica. Dulce e hipnótica en su oído, retornando a su mente y encadenando su libre albedrío de nuevo.
Ella lloró en silencio a medida que su destino se acercaba, sin saber muy bien por qué lo hacía, tal vez lloraba por que no quería subir las escaleras. Tal vez no quería seguir al sueño.
Su cuerpo alcanzó el picaporte de la puerta, pero sabía bien que no era ella la que quería abrir esa puerta. La puerta no cedió a la primera, por lo que su mano acarició la punta de su varita involuntariamente.
- Alohomora.
La puerta se abrió con un leve clic, un reloj dio las doce y de repente todo fue más deprisa.
El sueño salió de su cuerpo con urgencia, y su niebla se situó justo delante de la cara de la muchacha, muy cerca. A ella le pareció ver una leve sonrisa en su rostro…, y quiso correr,
pero sus piernas no llegaron a moverse.
Había quedado encerrada en su hechizo… ¿o se trataba eso del miedo? Tantas veces había oído hablar de ese sentimiento y ahora que lo experimentaba, no era capaz de traicionar a su cuerpo.
- Yo soy la luz –la voz del sueño sonó más grave y horrible de la dulce voz que antes le hablaba al oído- Yo soy la oscuridad, y estoy en todos los lugares donde debo estar. Préstame tu cuerpo, deja entrar mi alma, ya no quiero ser un muerto.
La última de las campanadas resonó por toda la casa, y cuando el sueño rió por última vez, ella congeló sus gritos a través del tiempo. Fue entonces cuando todo pareció repetirse.
La pesadilla la despertó de una forma tan brusca y amena, que dudaba realmente estar despierta. Todas las noches el mismo sueño…
miércoles, 28 de octubre de 2009
Cuarto Relato (Concurso WizzHard Books)
“…participaron gran cantidad de magos y duendes, pero luego resultó un fiasco ya que Ug el Informal había pagado con oro de los leprechauns.
Anemia Ripley, 4º de Gryffindor”
La muchacha dejó la pluma sobre la mesa y se frotó los ojos cansados de tanto esfuerzo. Llevaba toda la noche haciendo las tareas atrasadas y repasando con la única luz que proporcionaba la chimenea. La medianoche había pasado ya hace horas y el sueño la tentaba. El cómodo sofá de su sala común no era de gran ayuda. Lo único que mantenía despierta era la terrible tormenta que se estaba desatando afuera. La cortina de agua no permitía ver más allá de la ventana y el estruendo de los truenos había estado ocultando el rasgueo de su pluma contra el papel y los sospechosos sonidos procedentes de la entrada a la torre.
Bostezó y cerró el libro de Historia de la Magia, renunciando a intentar aprenderse los nombres de todos los duendes que participaron en la Revuelta. Lentamente comenzó a recoger los pergaminos llenos de apuntes que había desparramados sobre el suelo, peligrosamente cerca del fuego. Sintiendo que iba a caerse rendida en cualquier momento, ascendió por las escaleras hasta su dormitorio. Con todo el cuidado del mundo, giró el picaporte y empujó la puerta. Un sonoro chirrido tiró por tierra sus silenciosas intenciones. Miró a sus compañeras de cuarto, preocupada durante unos instantes, pero ninguna se había despertado. Si no lo habían hecho con aquel penetrante frío y el extraño ruido que… Se detuvo un momento, aún con la mano en el picaporte y un escalofrío recorrió su espalda. Recordó todo lo que había estudiado sobre los dementores y temió por su salud mental. Recorrió lentamente la estancia con la mirada y descubrió el origen del ambiente que reinaba. Una de sus amigas se había dejado la ventana abierta cuando había subido a acostarse. Soltó la puerta e inmediatamente después un golpe la hizo girarse. Tan solo había sido el portazo que había provocado la corriente. Se obligó a sí misma a calmarse. Solo porque fuese de noche, estuviese oscuro y no hubiese nadie más despierto en todo el castillo no tenía que comportarse como una niña de primero, tonta y asustadiza.
Guardó los libros en su baúl y cerró la ventana, pero por poco no se pilló su mano izquierda. Realmente se estaba comportando de una forma muy estúpida. Primero la puerta, luego la ventana y, por último, el haberse olvidado de llevar una luz consigo para no matarse. De todas formas no merecía la pena encenderla ya. Con el pijama en una mano y el cepillo de dientes en la otra se encaminó hacia el baño. Allí todo le resultó más fácil.
Unas velas alumbraban levemente la estancia dándole un toque un tanto siniestro. Con parsimonia se cambió de ropa y dobló su uniforme. Siguiendo con su ritual puso un poco de pasta verde, de menta, sobre su cepillo y se frotó los dientes con energía mientras tarareaba una canción. Con los ojos cerrados escupió la espuma y se enjuagó bien con el agua, aprovechando para lavarse la cara. No levantó la vista mientras se secaba el rostro, pero quizá debería haberlo hecho. Sus ojos ambarinos se toparon con unas pupilas que la observaban ávidamente, rodeadas por un intenso y estremecedor iris borgoña. Notaba el frío que desprendía su visitante al exhalar y susurrar en su oído. Las velas se apagaron sin producir un simple ruido.
El hombre recorrió con la punta de su varita la silueta de su presa en silencio. La muchacha no se atrevía a enfrentarse a su mirada. Cerró los ojos y tanteó su bolsillo desesperada en busca de su arma. Unos finos dedos, helados, suaves, se cerraron en torno a su muñeca y presionaron sin piedad. La varita cayó de sus manos. La chica notó como cada una de las fisuras recorría sus huesos e, impulsivamente pisó a su agresor. Su agresor la soltó con un siseo de desagrado y desapareció. Anemia no lloró de alivio, ni suspiró, ni se abrazó a sí misma como habría hecho cualquier persona normal después de una situación como aquella. Porque ella sabía algo, algo que la aterraba, la carcomía y amenazaba con matarla antes que su asesino. Volvería y, con toda seguridad, esa misma noche, en ese castillo, para degollarla, cortarla en pedacitos y saborear su dolor como si fuese un delicioso caramelo. Aprisa se agachó y tanteó el suelo en busca de su varita. Reconoció el tacto en cuanto lo rozó con las yemas de sus dedos. La agarró con manos temblorosas e intentó curarse la muñeca.
- Episkey…- murmuró con voz pastosa. El rayo de magia no alcanzó su objetivo. Al tercer intento consiguió hacerse un apaño medianamente aceptable, teniendo en cuenta que su voz temblaba de puro terror. Se levantó lentamente y se atrevió a volver a su cuarto, alerta. Sus pies descalzos rozaban la madera, provocándole algún que otro arañazo en las plantas. Pero ella no miró al suelo, ni siquiera a su alrededor. Tenía miedo de girarse y encontrarse de nuevo frente a esos ojos aterradores, crueles, obsesivos. Por segunda vez esa noche tuvo un accidente por no dar la luz.
- ¡Lumos!- el terror, el cansancio y la constante alerta habían terminado por cabrearla. Ya no le importaba chillar. Si ya la había encontrado una vez, nada le impedía volver a hacerlo. El hechizo hizo efecto a la primera. Un pequeño rayo de luz iluminó una pequeña zona de oscuridad, como una linterna muggle. Caminó con cuidado entre las camas hasta la suya propia y descubrió que la ventana seguí abierta. Le daba miedo hasta acercarse a ella, pero más aún dormir sin haberla cerrado. Pensaba los paso antes de darlos y cada gota contra el cristal le producía intensos temblores. Al fin llegó junto al alféizar y sacó las manos a la cortina de agua para agarrar las contraventanas.
Sonrió. Veía su espalda, sus curvas. Podía oler su sangre y su miedo, saborearlos desde allí mismo, estaba tan cerca… y tan sumamente asustada. Se deslizó a través de la habitación. Tres metros, dos, uno…
Una maldición impactó contra su cuerpo. Pero no lo entendía. Él debía estar fuera. ¿Por qué la había atacado desde atrás? Ni siquiera podía cerciorarse de su posición, la había inmovilizado completamente. Pareció leerle el pensamiento. Sin rozarla realizó una floritura en el aire y su cuerpo giró hasta que pudieron mirarse a los ojos. Lo que vio en ellos no la tranquilizó lo más mínimo. Furia, ansias, hambre, ni un ápice de compasión. Su sonrisa malévola contribuía a su aspecto monstruoso. Alzó la varita y, con un hechizo que ella desconocía, trazó en su pecho una cruz sangrante, realmente dolorosa. Lo peor de aquello era no poder gritar, ser incapaz de pedir ayuda a cualquiera de sus amigas, aunque las pusiese en peligro a ellas también. Anemia no era valiente, ni tenía mucha estima a sus compañeras. ¡Solo quería que parase de una vez! La sangre empapaba su camiseta y goteaba al suelo. Cuando hubo finalizado su obra, cesó el dolor. Pero si ella creía que eso había sido lo peor estaba terriblemente equivocada. La apuntó una vez más y la hizo arrodillarse frente a él. Sus heridas protestaron. La miró desde arriba, sintiéndose poderoso. Su sangre le había excitado. La iba a hacer sufrir. Oh, claro que sí…
- Crucio.- susurró. Ella descubrió la satisfacción que torturarla le producía en su voz. Y ésta fue en aumento cuando sus huesos se quebraron, su piel se rasgó y todas y cada una de sus células comenzaron a arder. Pero nada era real. La maldición torturaba a su cerebro y éste se negaba a soportar todo el dolor solo. Cada vez se sentía peor. ¡¿Por qué no la mataba ya?! Quería que todo acabase ya, no entendía como su cuerpo aguantaba los latigazos que se producían por doquier. Las lágrimas se fundían con la lluvia, que no amainaba. Él pareció satisfecho cuando ella se desplomó sobre el suelo. Chascó la lengua y con una simple patada, la envió afuera, a la tormenta, a su muerte. ¿De veras había creído que pronunciaría la Avada Kedavra? No, sería demasiado…placentero para la niña.
Anemia abrió los ojos mientras vivía sus últimos instantes. Pero ya no caía, se encontraba boca abajo sobre su mullido colchón. Lloró de puro alivio. Aún llevaba el uniforme puesto. Se había quedado dormida. Gracias a Godric había sido una pesadilla. Sonrió y cogió sus útiles de aseo de la mesilla de noche. Se giró para marcharse al aseo y su corazón se congeló. Su asesino estaba allí, sonriente, esperándola. La varita apuntaba a su pecho una vez más, elegante, impredecible, mortal.
Anemia Ripley, 4º de Gryffindor”
La muchacha dejó la pluma sobre la mesa y se frotó los ojos cansados de tanto esfuerzo. Llevaba toda la noche haciendo las tareas atrasadas y repasando con la única luz que proporcionaba la chimenea. La medianoche había pasado ya hace horas y el sueño la tentaba. El cómodo sofá de su sala común no era de gran ayuda. Lo único que mantenía despierta era la terrible tormenta que se estaba desatando afuera. La cortina de agua no permitía ver más allá de la ventana y el estruendo de los truenos había estado ocultando el rasgueo de su pluma contra el papel y los sospechosos sonidos procedentes de la entrada a la torre.
Bostezó y cerró el libro de Historia de la Magia, renunciando a intentar aprenderse los nombres de todos los duendes que participaron en la Revuelta. Lentamente comenzó a recoger los pergaminos llenos de apuntes que había desparramados sobre el suelo, peligrosamente cerca del fuego. Sintiendo que iba a caerse rendida en cualquier momento, ascendió por las escaleras hasta su dormitorio. Con todo el cuidado del mundo, giró el picaporte y empujó la puerta. Un sonoro chirrido tiró por tierra sus silenciosas intenciones. Miró a sus compañeras de cuarto, preocupada durante unos instantes, pero ninguna se había despertado. Si no lo habían hecho con aquel penetrante frío y el extraño ruido que… Se detuvo un momento, aún con la mano en el picaporte y un escalofrío recorrió su espalda. Recordó todo lo que había estudiado sobre los dementores y temió por su salud mental. Recorrió lentamente la estancia con la mirada y descubrió el origen del ambiente que reinaba. Una de sus amigas se había dejado la ventana abierta cuando había subido a acostarse. Soltó la puerta e inmediatamente después un golpe la hizo girarse. Tan solo había sido el portazo que había provocado la corriente. Se obligó a sí misma a calmarse. Solo porque fuese de noche, estuviese oscuro y no hubiese nadie más despierto en todo el castillo no tenía que comportarse como una niña de primero, tonta y asustadiza.
Guardó los libros en su baúl y cerró la ventana, pero por poco no se pilló su mano izquierda. Realmente se estaba comportando de una forma muy estúpida. Primero la puerta, luego la ventana y, por último, el haberse olvidado de llevar una luz consigo para no matarse. De todas formas no merecía la pena encenderla ya. Con el pijama en una mano y el cepillo de dientes en la otra se encaminó hacia el baño. Allí todo le resultó más fácil.
Unas velas alumbraban levemente la estancia dándole un toque un tanto siniestro. Con parsimonia se cambió de ropa y dobló su uniforme. Siguiendo con su ritual puso un poco de pasta verde, de menta, sobre su cepillo y se frotó los dientes con energía mientras tarareaba una canción. Con los ojos cerrados escupió la espuma y se enjuagó bien con el agua, aprovechando para lavarse la cara. No levantó la vista mientras se secaba el rostro, pero quizá debería haberlo hecho. Sus ojos ambarinos se toparon con unas pupilas que la observaban ávidamente, rodeadas por un intenso y estremecedor iris borgoña. Notaba el frío que desprendía su visitante al exhalar y susurrar en su oído. Las velas se apagaron sin producir un simple ruido.
El hombre recorrió con la punta de su varita la silueta de su presa en silencio. La muchacha no se atrevía a enfrentarse a su mirada. Cerró los ojos y tanteó su bolsillo desesperada en busca de su arma. Unos finos dedos, helados, suaves, se cerraron en torno a su muñeca y presionaron sin piedad. La varita cayó de sus manos. La chica notó como cada una de las fisuras recorría sus huesos e, impulsivamente pisó a su agresor. Su agresor la soltó con un siseo de desagrado y desapareció. Anemia no lloró de alivio, ni suspiró, ni se abrazó a sí misma como habría hecho cualquier persona normal después de una situación como aquella. Porque ella sabía algo, algo que la aterraba, la carcomía y amenazaba con matarla antes que su asesino. Volvería y, con toda seguridad, esa misma noche, en ese castillo, para degollarla, cortarla en pedacitos y saborear su dolor como si fuese un delicioso caramelo. Aprisa se agachó y tanteó el suelo en busca de su varita. Reconoció el tacto en cuanto lo rozó con las yemas de sus dedos. La agarró con manos temblorosas e intentó curarse la muñeca.
- Episkey…- murmuró con voz pastosa. El rayo de magia no alcanzó su objetivo. Al tercer intento consiguió hacerse un apaño medianamente aceptable, teniendo en cuenta que su voz temblaba de puro terror. Se levantó lentamente y se atrevió a volver a su cuarto, alerta. Sus pies descalzos rozaban la madera, provocándole algún que otro arañazo en las plantas. Pero ella no miró al suelo, ni siquiera a su alrededor. Tenía miedo de girarse y encontrarse de nuevo frente a esos ojos aterradores, crueles, obsesivos. Por segunda vez esa noche tuvo un accidente por no dar la luz.
- ¡Lumos!- el terror, el cansancio y la constante alerta habían terminado por cabrearla. Ya no le importaba chillar. Si ya la había encontrado una vez, nada le impedía volver a hacerlo. El hechizo hizo efecto a la primera. Un pequeño rayo de luz iluminó una pequeña zona de oscuridad, como una linterna muggle. Caminó con cuidado entre las camas hasta la suya propia y descubrió que la ventana seguí abierta. Le daba miedo hasta acercarse a ella, pero más aún dormir sin haberla cerrado. Pensaba los paso antes de darlos y cada gota contra el cristal le producía intensos temblores. Al fin llegó junto al alféizar y sacó las manos a la cortina de agua para agarrar las contraventanas.
Sonrió. Veía su espalda, sus curvas. Podía oler su sangre y su miedo, saborearlos desde allí mismo, estaba tan cerca… y tan sumamente asustada. Se deslizó a través de la habitación. Tres metros, dos, uno…
Una maldición impactó contra su cuerpo. Pero no lo entendía. Él debía estar fuera. ¿Por qué la había atacado desde atrás? Ni siquiera podía cerciorarse de su posición, la había inmovilizado completamente. Pareció leerle el pensamiento. Sin rozarla realizó una floritura en el aire y su cuerpo giró hasta que pudieron mirarse a los ojos. Lo que vio en ellos no la tranquilizó lo más mínimo. Furia, ansias, hambre, ni un ápice de compasión. Su sonrisa malévola contribuía a su aspecto monstruoso. Alzó la varita y, con un hechizo que ella desconocía, trazó en su pecho una cruz sangrante, realmente dolorosa. Lo peor de aquello era no poder gritar, ser incapaz de pedir ayuda a cualquiera de sus amigas, aunque las pusiese en peligro a ellas también. Anemia no era valiente, ni tenía mucha estima a sus compañeras. ¡Solo quería que parase de una vez! La sangre empapaba su camiseta y goteaba al suelo. Cuando hubo finalizado su obra, cesó el dolor. Pero si ella creía que eso había sido lo peor estaba terriblemente equivocada. La apuntó una vez más y la hizo arrodillarse frente a él. Sus heridas protestaron. La miró desde arriba, sintiéndose poderoso. Su sangre le había excitado. La iba a hacer sufrir. Oh, claro que sí…
- Crucio.- susurró. Ella descubrió la satisfacción que torturarla le producía en su voz. Y ésta fue en aumento cuando sus huesos se quebraron, su piel se rasgó y todas y cada una de sus células comenzaron a arder. Pero nada era real. La maldición torturaba a su cerebro y éste se negaba a soportar todo el dolor solo. Cada vez se sentía peor. ¡¿Por qué no la mataba ya?! Quería que todo acabase ya, no entendía como su cuerpo aguantaba los latigazos que se producían por doquier. Las lágrimas se fundían con la lluvia, que no amainaba. Él pareció satisfecho cuando ella se desplomó sobre el suelo. Chascó la lengua y con una simple patada, la envió afuera, a la tormenta, a su muerte. ¿De veras había creído que pronunciaría la Avada Kedavra? No, sería demasiado…placentero para la niña.
Anemia abrió los ojos mientras vivía sus últimos instantes. Pero ya no caía, se encontraba boca abajo sobre su mullido colchón. Lloró de puro alivio. Aún llevaba el uniforme puesto. Se había quedado dormida. Gracias a Godric había sido una pesadilla. Sonrió y cogió sus útiles de aseo de la mesilla de noche. Se giró para marcharse al aseo y su corazón se congeló. Su asesino estaba allí, sonriente, esperándola. La varita apuntaba a su pecho una vez más, elegante, impredecible, mortal.
Invisible
«Corría por las mazmorras, todo estaba oscuro y me tropezaba con todo lo que había a mi paso. La humedad se había hecho con la estancia con rapidez, y yo sentía que no me entraba más aire en los pulmones, como si estuvieran encharcados. Sé que algo me persigue, algo silencioso y complicado de ver en la oscuridad, corro, corro y digo la contraseña, esperando oír un ruido que me indique dónde está la puerta, porque tampoco soy capaz de verla ni de sacar la varita y hacer un mísero hechizo.»
Me despierto empapada en sudor en mi cama. El dormitorio está vacío, las chicas han salido a dar una vuelta. Me aseo y me visto con rapidez. Durante la mañana, apenas atiendo en clase. Tengo sudores fríos y escalofríos que me dan mala espina. Tengo una sensación extraña en el estómago que me invita a meterme en la cama durante todo el día y no hacer caso de nada ni de nadie. No tengo ganas de nada, no estoy bien, no estoy agusto, estoy inquieta, nerviosa... y tengo el vago presentimiento de que algo malo va a pasar, y lo peor, es que cada vez se hace más fuerte.
-¿Qué te pasa? -Me pregunta mi hermana.
-Nada, nada -niego, restándole hierro al asunto con un gesto de mano.
-Va, cuéntame.
-¡Que no! -Siento hablarle así, pero estoy nerviosa.
-Que te den -y se larga, enfadada, con el frúfrú de su túnica detrás. Bufo para mí misma, ¡es que no puedo contarle la paranoia que tengo en la cabeza! Básicamente, porque me dirá que estoy loca, que todo son tonterías mías, que estoy sopa y que abra los ojos de una vez, que ya no estoy en la cama... o cualquier tontería, yo que sé.
Llega la noche, he cenado ya, llevo desde la comida con un amigo, las demás han preferido dejarme sola, pero él me escucha... bueno, escucha mi silencio, prefiere no preguntar. ¿Y si me estoy volviendo loca? La cena me ha sentado algo mal, todo alimento que caía en mi estomago era un retorcijón, una súplica de regreso al exterior.
-Hasta luego -digo- y gracias -añado, cuando voy a bajar las escaleras hacia las mazmorras.
-Adiós -me sonríe.
Llevo unos cuantos escalones cuando me doy cuenta de que me he dejado el libro de Astronomía en el Gran Comedor. Lo dejaría allí de buen grado, pero prefiero no arriesgarme a que la profesora pueda tomarla conmigo. Deshago mis pasos y corro hasta el comedor, y cuando lo tengo en mis manos, sin mediar palabra con nadie salgo corriendo de nuevo hasta las escaleras. Paro un poco allí para descansar. Noto algo, una respiración a la altura de mi nuca y un pequeño golpe en el talón. Me giro, recelosa. «No... no... ay, que me muero... que no pase, que no pase...» rezo. De nuevo, una especie de relinche caliente remueve mi cabello, pero esta vez de frente «¡cago en...!» y salgo corriendo a toda velocidad, escaleras abajo, pero lo oigo, lo oigo todavía detrás de mí, bajando al trote «¡¿qué demonios es...?!» pero no tengo tiempo para pensar. Me quedo quieta en un lado, silenciosa, a oscuras, sin ver nada, pero esa cosa está cerca de mi, es cuidadosa, lenta, fría y calculadora, pero aunque oigo algunos de sus movimientos, no sé exactamente donde está, ni que es, por supuesto, y eso es lo que más hace que se me erice el vello de la nuca. Me deslizo silenciosamente y susurro la contraseña a la nada, para ver si oigo el sonido de la puerta de mi sala Común abriéndose, pero parece que el mensaje no ha llegado a su destino, en cambio, esa cosa relincha me golpea, se enzarza conmigo, siento golpes por todas partes y lo peor, es que no sé por dónde vienen, ni cómo puedo defenderme. Grito, chillo, y lloro a la vez, me duele todo, todo, y de repente, esa cosa, se marcha al trote, y yo me quedo ahí, malherida, llena de moratones y heridas.
Es por la mañana. Estoy en la enfermería, mi mejor amiga está allí conmigo, al ver que abro un ojo se acerca a toda prisa hacia mí y después con un grito llama a mi hermana.
-¿Qué tal estás? -Preguntan las dos.
-Bien -respondo, aturdida.
-Vaya, te salió el día cruzado ¿eh? -dice mi hermana, y me da un pequeño puñetazo en el hombro, a lo que respondo con una mueca de dolor- ¡ay! ¡Ay! ¡Perdón!
-Ñeh -digo- ¿qué... pasó?
-Pues... hablamos con el profesor Hagrid, y... bueno, primero no quería contarnos nada, pero ya sabes, una pregunta lleva a otra, esa lleva a un pastel... y eso lleva a que se le escapen cosas que no deben. Ya sabes, cuando piensa en voz alta -me dice mi amiga.
-Ajám -asiento.
-Resulta que fue un Thestral descontrolado -me dice- lo traían desde noséquésitio, para ver si podían educarlo aquí o algo así, porque allí ya daba problemas, pero se les escapó, y parece que has sido su víctima -completa mi hermana.
-¿Parece? -Pregunto- yo diría que lo he sido.
-Bah. Bueno, el caso es, que eso no es todo, el bicho ese come carne, carne humana.
La miro, horrorizada.
-Estás de broma -digo, después.
-No, ¿por qué te crees que nos lo encasquetan en Hogwarts? ¿Eh? ¿Por qué lo crees? -Me dice, seria.
Desde ese día, puedo verlos a todos, todos esos extraños híbridos de caballo y algo más, y gracias (o por desgracia) a eso, puedo alejarme de ellos o mentenerme alerta en todo momento, y lo peor, es que el que me atacó, sigue suelto en alguna parte.
Fin.
Me despierto empapada en sudor en mi cama. El dormitorio está vacío, las chicas han salido a dar una vuelta. Me aseo y me visto con rapidez. Durante la mañana, apenas atiendo en clase. Tengo sudores fríos y escalofríos que me dan mala espina. Tengo una sensación extraña en el estómago que me invita a meterme en la cama durante todo el día y no hacer caso de nada ni de nadie. No tengo ganas de nada, no estoy bien, no estoy agusto, estoy inquieta, nerviosa... y tengo el vago presentimiento de que algo malo va a pasar, y lo peor, es que cada vez se hace más fuerte.
-¿Qué te pasa? -Me pregunta mi hermana.
-Nada, nada -niego, restándole hierro al asunto con un gesto de mano.
-Va, cuéntame.
-¡Que no! -Siento hablarle así, pero estoy nerviosa.
-Que te den -y se larga, enfadada, con el frúfrú de su túnica detrás. Bufo para mí misma, ¡es que no puedo contarle la paranoia que tengo en la cabeza! Básicamente, porque me dirá que estoy loca, que todo son tonterías mías, que estoy sopa y que abra los ojos de una vez, que ya no estoy en la cama... o cualquier tontería, yo que sé.
Llega la noche, he cenado ya, llevo desde la comida con un amigo, las demás han preferido dejarme sola, pero él me escucha... bueno, escucha mi silencio, prefiere no preguntar. ¿Y si me estoy volviendo loca? La cena me ha sentado algo mal, todo alimento que caía en mi estomago era un retorcijón, una súplica de regreso al exterior.
-Hasta luego -digo- y gracias -añado, cuando voy a bajar las escaleras hacia las mazmorras.
-Adiós -me sonríe.
Llevo unos cuantos escalones cuando me doy cuenta de que me he dejado el libro de Astronomía en el Gran Comedor. Lo dejaría allí de buen grado, pero prefiero no arriesgarme a que la profesora pueda tomarla conmigo. Deshago mis pasos y corro hasta el comedor, y cuando lo tengo en mis manos, sin mediar palabra con nadie salgo corriendo de nuevo hasta las escaleras. Paro un poco allí para descansar. Noto algo, una respiración a la altura de mi nuca y un pequeño golpe en el talón. Me giro, recelosa. «No... no... ay, que me muero... que no pase, que no pase...» rezo. De nuevo, una especie de relinche caliente remueve mi cabello, pero esta vez de frente «¡cago en...!» y salgo corriendo a toda velocidad, escaleras abajo, pero lo oigo, lo oigo todavía detrás de mí, bajando al trote «¡¿qué demonios es...?!» pero no tengo tiempo para pensar. Me quedo quieta en un lado, silenciosa, a oscuras, sin ver nada, pero esa cosa está cerca de mi, es cuidadosa, lenta, fría y calculadora, pero aunque oigo algunos de sus movimientos, no sé exactamente donde está, ni que es, por supuesto, y eso es lo que más hace que se me erice el vello de la nuca. Me deslizo silenciosamente y susurro la contraseña a la nada, para ver si oigo el sonido de la puerta de mi sala Común abriéndose, pero parece que el mensaje no ha llegado a su destino, en cambio, esa cosa relincha me golpea, se enzarza conmigo, siento golpes por todas partes y lo peor, es que no sé por dónde vienen, ni cómo puedo defenderme. Grito, chillo, y lloro a la vez, me duele todo, todo, y de repente, esa cosa, se marcha al trote, y yo me quedo ahí, malherida, llena de moratones y heridas.
Es por la mañana. Estoy en la enfermería, mi mejor amiga está allí conmigo, al ver que abro un ojo se acerca a toda prisa hacia mí y después con un grito llama a mi hermana.
-¿Qué tal estás? -Preguntan las dos.
-Bien -respondo, aturdida.
-Vaya, te salió el día cruzado ¿eh? -dice mi hermana, y me da un pequeño puñetazo en el hombro, a lo que respondo con una mueca de dolor- ¡ay! ¡Ay! ¡Perdón!
-Ñeh -digo- ¿qué... pasó?
-Pues... hablamos con el profesor Hagrid, y... bueno, primero no quería contarnos nada, pero ya sabes, una pregunta lleva a otra, esa lleva a un pastel... y eso lleva a que se le escapen cosas que no deben. Ya sabes, cuando piensa en voz alta -me dice mi amiga.
-Ajám -asiento.
-Resulta que fue un Thestral descontrolado -me dice- lo traían desde noséquésitio, para ver si podían educarlo aquí o algo así, porque allí ya daba problemas, pero se les escapó, y parece que has sido su víctima -completa mi hermana.
-¿Parece? -Pregunto- yo diría que lo he sido.
-Bah. Bueno, el caso es, que eso no es todo, el bicho ese come carne, carne humana.
La miro, horrorizada.
-Estás de broma -digo, después.
-No, ¿por qué te crees que nos lo encasquetan en Hogwarts? ¿Eh? ¿Por qué lo crees? -Me dice, seria.
Desde ese día, puedo verlos a todos, todos esos extraños híbridos de caballo y algo más, y gracias (o por desgracia) a eso, puedo alejarme de ellos o mentenerme alerta en todo momento, y lo peor, es que el que me atacó, sigue suelto en alguna parte.
Fin.
viernes, 23 de octubre de 2009
Halloween se acerca...
Aquí os traemos el primer relato presentado al concurso que celebra Wizz Hard Books con motivo de la fiesta de Halloween. Según vayan llegando más relatos los iremos publicando con el siguiente propósito. Seréis vosotros, alumnos de Hogwrats, los que decidáis qué relato es el mejor de todos, y su autor, será el nuevo reportero de A Vuelapluma (si así lo desea)
¿Cómo podéis votar? Es muy sencillo; tenéis que comentar cada uno de los relatos, que siempre serán anónimos, y emitir en él vuestro voto, que será un número del 1 al 10, siendo 10 la nota más alta. Podéis votar también con números fraccionados (5.5 7.4 3.5 etc). Es indispensable que firméis vuestro comentario con el nick del foro, para saber quiénes sois y que el voto cuente.
Esperamos vuestra colaboración. Sin más dilación aquí tenéis el primer relato:
Antes de ir a Dormir
¿Nunca sentiste que te observan? ¿Qué te vigilan desde las penumbras, desde algún rincón oscuro? Esa sensación angustiante en la que sabes que no hay nadie pero aún así crees que existe la posibilidad remota de que si, de que te están viendo, no sabes de dónde ni por qué… pero lo sientes… en el aire. Estás recostado, inmóvil, escuchando y con los ojos muy abiertos, observando algún punto oscuro del techo. Desde que dijiste “nox” y la luz se apagó a la medianoche que no puedes cerrar los ojos. Todos duermen. Excepto tú.
Hay mucha seguridad a tu alrededor, las paredes son fuertes, los pasillos están vigilados, tienes compañeros de habitación, hay hechizos en el marco de la puerta. Pero ¿Y si hoy no patrullan tu corredor? ¿Y si los hechizos no funcionan? Hay un silencio que te parece de lo más impenetrable, los oídos te zumban. Pero escuchas. Escuchas con mucha atención, sin poder evitarlo, la respiración suave de quien está en la cama de al lado, tus propios latidos, el viento que sopla ululando junto a los grandes ventanales de la SC, eso no es ruido, es una manera más de mantenerte alerta, como el tic tac de un reloj. Y de repente, un aleteo de lechuza, un movimiento espontáneo de la cortina, el crujir imprevisto de la madera. No te has percatado, pero has dejado de respirar. Tus compañeros están dormidos, ¡todos duermen! ¿Qué te hace pensar que alguien podrá oír tus gritos? ¿Gritarás? ¿De verdad? ¿Con la garganta tan seca? ¿O solo emitirás un suave quejido, un intento desesperado que morirá cuando abras la boca y veas esa sombra, una sombra cualquiera, cernirse sobre ti?
Te sientas en la cama, pequeño Gryffindor, estás temblando, te abrazas las rodillas, jurarías haber visto la sombra pero tus ojos no pueden darte esa prueba. Está oscuro y donde murmures “Lumos” alguno de tus compañeros se despertará y se burlará de ti. No puedes hacer mucho más que sufrir en silencio. Solito. Y aún así tomas tu varita, con la que apenas puedes rascarte la frente en los días de examen, la empuñas como si fuera uno de esos amuletos de los que te hablaba Heike ayer. Miras a tu alrededor, sabes, sabes que hay algo, pero no sabes qué. El viento sigue soplando, sigues oyendo la respiración de tus compañeros de cuarto. Tragas saliva y cierras la boca que hasta ese momento mantenías abierta. ¿Te animas a…? ¿Quieres bajar? ¿Qué? ¿El baño?
Bajar o no bajar esos piececitos de tu gran y acolchonado lugar de reposo. Tu primo muggle solía decirte que unas garras peludas, enormes, como las del dragón Colacuerno aparecían de debajo de la cama para tomarte por los tobillos apenas pusieras un pie en el suelo. Desde entonces no tomas agua antes de ir a dormir, ¿Quién te mandó a beber ese zumo de naranja? ¿Quién? Ahora la Naturaleza te llama, y miras el suelo, y miras la puerta, miras el suelo y vuelta a mirar la puerta. El viento arrecia, la oscuridad es insoportable. La madera cruje… ¿cruje? El corazón te late aprisa, es momento de tomar una decisión… uno… dos… ¡tres!
Cierras los ojos… los abres… nada ha sucedido. Con un suspiro caminas derechito hacia la puerta del baño. Pasito a pasito, intentando ser menos que un susurro, menos que el ulular de un búho, que el ronroneo de un gato. Abres la puerta y digamos que prácticamente corres hasta el baño.
En el toilette cierras los ojos antes de observar el espejo, dicen que si maldices tres veces a un Augurey se auto invocará una figura de mujer zombie de uñas largas que te perseguirá de por vida hasta arrancarte las tripas, imaginas de improviso que poseerá también la cara de Sinistra. Mejor cierras los ojos cuando pasas por el espejo del baño, cierra, cierra, tratas de no juntar en tu cabeza las palabras prohibidas que atraerán a la señora zombie, un poco en vano. Sales del baño, con los pies fríos, la piel fría, te castañetean los dientes. Inconscientemente sales de la habitación, solo por si las dudas, para ver que no haya nadie ahí, te sientas en uno de los sofás, suspirando. Tu vista recorre la amplia pero solitaria Sala Común con un poco mas de detenimiento esta vez y , así de golpe, los sillones vacíos y el fuego apagado te hacen sentir raro, si, otra vez esa sensación, te siente tan solo, lejos del dormitorio, ahora este es el sitio perfecto para que alguna sombra te envuelva por detrás, para que una mano fría y pálida te sujete del hombro o para que se enciendan de repente un par de ojos rojos “¿Es que nunca se acaba?” Piensas y sabes que no, nunca. Pareciera que hay alguien detrás de ti todo el tiempo, cada vez mas cerca ¿te imaginas? ¡Más cerca cada vez!. Te giras y no hay nadie, aunque piensas que la puerta podría abrirse en cualquier momento ¡en cualquier momento! Mejor te regresas, asi que te levantas de un salto del sofá.
¡¿Qué es eso?! Un movimiento brusco, ruidos de pasos, no patas, patas que corretean ¿serán los elfos domésticos? Patas que se acercan “¡lumos!” Pronuncias (o susurras) para que aquella suave chispita te alumbre. Tu vista recorre la habitación desesperadamente, miras el suelo, oyes las patas, no ves… Un crujido, te giras… algo… algo ha abierto el retrato de la Señora Gorda. Algo se ha escapado por ahí. Por ese hueco.
Si alguien te viera ahora, pálido, pequeño y tembloroso, te diría que ya no pareces tan Gry. ¿O si? Lentamente, empuñando la varita, caminas hacia el retrato de la Dama Gorda, para correrlo. Estiras la mano y parece una película de moción lenta. ¿Qué pasaría si algo te atrapa la muñeca? Intentas no pensar en eso, intentas pensar que correrás el cuadro y uno de tus amigos te gritará, tú saltarás pero luego ambos reirán, podrás volver a tu cama, tu plácida cama. Podrías volver ahora y dejar que tu amigo pase frío esperándote… ¿y si regresas a tu cama y todos están allí? Tu mano roza suavemente el retrato, lo vas corriendo, despacio
¡Sorpresa! No hay nadie. Tu estás seguro de que algo salió de allí. No sabes si debes tranquilizarte o llorar. Si vuelves, nadie te creerá… si sales… Cierras el retrato quedándote dentro, esperando que la Señora Gorda no proteste ni se despierte. Piensas en regresar a dormir mientras miras la salida… estás seguro, tanto que te tiemblan las rodillas, de que algo salió por allí. Por eso y porque eres un insípido Gryffindor corajudo, decides volverte, abrir y salir.
Te estás arrepintiendo desde que tus piececitos tocaron el piso del pasillo del 7º piso, máxime cuando recuerdas que la Directora se fue a pasar el dia con su familia en Escocia, sabes que no hay nadie que la iguale, lo que te preocupa. Parpadeas, y se larga a llover torrencialmente, puedes oirlo, incluso truena. Pero no puedes volver, la Señora Gorda se está despertando y si te ve, sabes que estás perdido. La emoción te embarga, porque te sientes valiente, y con tu varita caminas por el largo pasillo, apuntando al piso, a las esquinas para que los retratos no delaten tu presencia. Estás agitado, te cosquillean las rodillas, doblas, sigues, doblas, pero sigues, vamos ¡sigue!... Detente.
Un chillido agudo primero, un gruñido bajo después, te hielan la sangre y hacen que pequeñas olas de escalofríos te inunden la espalda. Un calor raro te baja por la garganta y se pierde en tu estómago. Te zumban los oidos, quieres vomitar y Salir huyendo a la vez. A unos cien metros de ti, acabas de ver algo grande, peludo, escamoso y verde, dándote la espalda. Y en cuanto tú le has apuntado con la varita, con tu “Lumos” se ha girado en redondo hacia ti, mostrando unos temibles colmillos. Todo, en fracción de segundo y medio. Aún sigues de pie, con ganas de hacer pipi otra vez.
Caminas, lento, hacia atrás, sin darle la espalda, sin saber qué hacer, pero de ahí tienes que salir, de ahí tienes que huir gritando y agitando los brazos. Por alguna razón, estas mudo, las rodillas no quieren correr y una mano aferra la varita, mientras que la otra está pegada firmemente a un costado del cuerpo. Eso se llama Pánico. Un pánico lo suficientemente grande para sacar todo el coraje que tienes y volver apuntar a la criatura, que gruñe y baja lo que parece ser su “hocico” disponiéndose a saltar sobre ti. No te das cuenta, pero unos lagrimones inmensos recorren tu cara.
-“¡Incarcerus!”
Un chispazo a tus espaldas y un fogonazo que pasa cerca de tu oreja, van a dar a la criatura, que chilla se retuerce, grita y babea todo a su alrededor en tanto unas cuerdas la enrollan apretadamente. Caes al piso y giras la cabeza, con cara de loco. Es como una visión, la de un ángel con sandalias y cayado con una pequeña aura en la cabeza, mirándote con el ceño fruncido. Muy fruncido en realidad. Parpadeas, respiras, exhalas la tensión ahuecada en tus pulmones cuando ves a la Directora, con sus ropas de viaje (no un tocado de ángel) y maletas, observándote enojadísima, primero a ti, y luego al bicho feo.
-¿Uno no se puede ir unos días sin que haya criaturas matando alumnos? –Murmura, ahora te ignora, dirigiéndose a la criatura que aun sigue babeando y gruñendo en el suelo. Te levantas como puedes, tiemblas, tienes la cara empapada. Miras a la “cosa” con pavor.
-Pro… pro… -Tartamudeas –profesora ¿Qué era…?
-Le sugiero que vaya a su SC y llame a los prefectos a mi despacho –mira a la criatura con el ceño fruncido –Esto es un híbrido y son considerados clase cuádruple “x” por el Ministerio de Magia, usted, tiene suerte de estar vivo.
-OH… -¿Y que otra cosa puedes decir? –Yo… siento haber salido… estaba en mi Sc. Disculpe pero ¿un híbrido de qué?
-Ni el Ministerio lo sabe –Te interrumpe – solo se sabe que busca sitios con calor, oscuridad y carne joven, de no haber salido de su Sc o de no haberle apuntado con su varita luminosa, les habría devorado –Dice muy seca, cuando repara en lo traumada de tu expresión –Lo mejor sería que le acompañe, puede que haya más rondando por ahí –Apunta con su varita a los baúles en el piso, que salen disparados escaleras arriba, apunta a la criatura y murmura algo que no alcanzas a oir, pero que surte efecto, la criatura se inmoviliza. Procede luego a apuntar hacia unos corredores, de la punta de su varita salen varias figuras plateadas, que se reparten los pasillos –Alguien lo encontrará -Te observa -¿Quiere ir a la enfermería?-¿Uh…? –tardas un poco en contestar – no, está bien – Le hechas un vistazo a la criatura, sus garras son afiladas, te preguntas si no estuvo bajo tu cama todo el tiempo y si no tienes suerte de que no te atrapara los tobillos.
Al tiempo te encuentras caminando tras la directora, lo que te acarrea una sensación de alivio inmenso.
-Profesora ¿estas criaturas son… normales? Es decir – te avergüenzas - ¿existen en grandes cantidades? ¿Son frecuentes?
-Han aparecido de mano de algún Mago Tenebroso, Buscan las grandes aglomeraciones, pero por suerte no hay muchos en el mundo, de vez en cuando, algún niño muere en las ciudades muggles a causa de éstas criaturas, entonces el Ministerio de Magia procede a ocultar el hecho, buscar y eliminar a la criatura…aunque se suponía que ya no había más – Esto último lo murmura para sus adentros, no pudiste oirlo- Pero siempre subsisten las leyendas, y el ser humano es un ser racional y no es tan estúpido, usted es hijo de muggles ¿nunca le contaron la historia del ser que atrapa niños de los tobillos cuando bajan de la cama? ¿Nunca tuvo la sensación de que le observaban en la oscuridad? Debe hacerle caso a sus presentimientos, eso le ha salvado a usted hoy… a veces, cuando piensa que lo observan, es porque de verdad le están observando.
Fin.
¿Cómo podéis votar? Es muy sencillo; tenéis que comentar cada uno de los relatos, que siempre serán anónimos, y emitir en él vuestro voto, que será un número del 1 al 10, siendo 10 la nota más alta. Podéis votar también con números fraccionados (5.5 7.4 3.5 etc). Es indispensable que firméis vuestro comentario con el nick del foro, para saber quiénes sois y que el voto cuente.
Esperamos vuestra colaboración. Sin más dilación aquí tenéis el primer relato:
Antes de ir a Dormir
¿Nunca sentiste que te observan? ¿Qué te vigilan desde las penumbras, desde algún rincón oscuro? Esa sensación angustiante en la que sabes que no hay nadie pero aún así crees que existe la posibilidad remota de que si, de que te están viendo, no sabes de dónde ni por qué… pero lo sientes… en el aire. Estás recostado, inmóvil, escuchando y con los ojos muy abiertos, observando algún punto oscuro del techo. Desde que dijiste “nox” y la luz se apagó a la medianoche que no puedes cerrar los ojos. Todos duermen. Excepto tú.
Hay mucha seguridad a tu alrededor, las paredes son fuertes, los pasillos están vigilados, tienes compañeros de habitación, hay hechizos en el marco de la puerta. Pero ¿Y si hoy no patrullan tu corredor? ¿Y si los hechizos no funcionan? Hay un silencio que te parece de lo más impenetrable, los oídos te zumban. Pero escuchas. Escuchas con mucha atención, sin poder evitarlo, la respiración suave de quien está en la cama de al lado, tus propios latidos, el viento que sopla ululando junto a los grandes ventanales de la SC, eso no es ruido, es una manera más de mantenerte alerta, como el tic tac de un reloj. Y de repente, un aleteo de lechuza, un movimiento espontáneo de la cortina, el crujir imprevisto de la madera. No te has percatado, pero has dejado de respirar. Tus compañeros están dormidos, ¡todos duermen! ¿Qué te hace pensar que alguien podrá oír tus gritos? ¿Gritarás? ¿De verdad? ¿Con la garganta tan seca? ¿O solo emitirás un suave quejido, un intento desesperado que morirá cuando abras la boca y veas esa sombra, una sombra cualquiera, cernirse sobre ti?
Te sientas en la cama, pequeño Gryffindor, estás temblando, te abrazas las rodillas, jurarías haber visto la sombra pero tus ojos no pueden darte esa prueba. Está oscuro y donde murmures “Lumos” alguno de tus compañeros se despertará y se burlará de ti. No puedes hacer mucho más que sufrir en silencio. Solito. Y aún así tomas tu varita, con la que apenas puedes rascarte la frente en los días de examen, la empuñas como si fuera uno de esos amuletos de los que te hablaba Heike ayer. Miras a tu alrededor, sabes, sabes que hay algo, pero no sabes qué. El viento sigue soplando, sigues oyendo la respiración de tus compañeros de cuarto. Tragas saliva y cierras la boca que hasta ese momento mantenías abierta. ¿Te animas a…? ¿Quieres bajar? ¿Qué? ¿El baño?
Bajar o no bajar esos piececitos de tu gran y acolchonado lugar de reposo. Tu primo muggle solía decirte que unas garras peludas, enormes, como las del dragón Colacuerno aparecían de debajo de la cama para tomarte por los tobillos apenas pusieras un pie en el suelo. Desde entonces no tomas agua antes de ir a dormir, ¿Quién te mandó a beber ese zumo de naranja? ¿Quién? Ahora la Naturaleza te llama, y miras el suelo, y miras la puerta, miras el suelo y vuelta a mirar la puerta. El viento arrecia, la oscuridad es insoportable. La madera cruje… ¿cruje? El corazón te late aprisa, es momento de tomar una decisión… uno… dos… ¡tres!
Cierras los ojos… los abres… nada ha sucedido. Con un suspiro caminas derechito hacia la puerta del baño. Pasito a pasito, intentando ser menos que un susurro, menos que el ulular de un búho, que el ronroneo de un gato. Abres la puerta y digamos que prácticamente corres hasta el baño.
En el toilette cierras los ojos antes de observar el espejo, dicen que si maldices tres veces a un Augurey se auto invocará una figura de mujer zombie de uñas largas que te perseguirá de por vida hasta arrancarte las tripas, imaginas de improviso que poseerá también la cara de Sinistra. Mejor cierras los ojos cuando pasas por el espejo del baño, cierra, cierra, tratas de no juntar en tu cabeza las palabras prohibidas que atraerán a la señora zombie, un poco en vano. Sales del baño, con los pies fríos, la piel fría, te castañetean los dientes. Inconscientemente sales de la habitación, solo por si las dudas, para ver que no haya nadie ahí, te sientas en uno de los sofás, suspirando. Tu vista recorre la amplia pero solitaria Sala Común con un poco mas de detenimiento esta vez y , así de golpe, los sillones vacíos y el fuego apagado te hacen sentir raro, si, otra vez esa sensación, te siente tan solo, lejos del dormitorio, ahora este es el sitio perfecto para que alguna sombra te envuelva por detrás, para que una mano fría y pálida te sujete del hombro o para que se enciendan de repente un par de ojos rojos “¿Es que nunca se acaba?” Piensas y sabes que no, nunca. Pareciera que hay alguien detrás de ti todo el tiempo, cada vez mas cerca ¿te imaginas? ¡Más cerca cada vez!. Te giras y no hay nadie, aunque piensas que la puerta podría abrirse en cualquier momento ¡en cualquier momento! Mejor te regresas, asi que te levantas de un salto del sofá.
¡¿Qué es eso?! Un movimiento brusco, ruidos de pasos, no patas, patas que corretean ¿serán los elfos domésticos? Patas que se acercan “¡lumos!” Pronuncias (o susurras) para que aquella suave chispita te alumbre. Tu vista recorre la habitación desesperadamente, miras el suelo, oyes las patas, no ves… Un crujido, te giras… algo… algo ha abierto el retrato de la Señora Gorda. Algo se ha escapado por ahí. Por ese hueco.
Si alguien te viera ahora, pálido, pequeño y tembloroso, te diría que ya no pareces tan Gry. ¿O si? Lentamente, empuñando la varita, caminas hacia el retrato de la Dama Gorda, para correrlo. Estiras la mano y parece una película de moción lenta. ¿Qué pasaría si algo te atrapa la muñeca? Intentas no pensar en eso, intentas pensar que correrás el cuadro y uno de tus amigos te gritará, tú saltarás pero luego ambos reirán, podrás volver a tu cama, tu plácida cama. Podrías volver ahora y dejar que tu amigo pase frío esperándote… ¿y si regresas a tu cama y todos están allí? Tu mano roza suavemente el retrato, lo vas corriendo, despacio
¡Sorpresa! No hay nadie. Tu estás seguro de que algo salió de allí. No sabes si debes tranquilizarte o llorar. Si vuelves, nadie te creerá… si sales… Cierras el retrato quedándote dentro, esperando que la Señora Gorda no proteste ni se despierte. Piensas en regresar a dormir mientras miras la salida… estás seguro, tanto que te tiemblan las rodillas, de que algo salió por allí. Por eso y porque eres un insípido Gryffindor corajudo, decides volverte, abrir y salir.
Te estás arrepintiendo desde que tus piececitos tocaron el piso del pasillo del 7º piso, máxime cuando recuerdas que la Directora se fue a pasar el dia con su familia en Escocia, sabes que no hay nadie que la iguale, lo que te preocupa. Parpadeas, y se larga a llover torrencialmente, puedes oirlo, incluso truena. Pero no puedes volver, la Señora Gorda se está despertando y si te ve, sabes que estás perdido. La emoción te embarga, porque te sientes valiente, y con tu varita caminas por el largo pasillo, apuntando al piso, a las esquinas para que los retratos no delaten tu presencia. Estás agitado, te cosquillean las rodillas, doblas, sigues, doblas, pero sigues, vamos ¡sigue!... Detente.
Un chillido agudo primero, un gruñido bajo después, te hielan la sangre y hacen que pequeñas olas de escalofríos te inunden la espalda. Un calor raro te baja por la garganta y se pierde en tu estómago. Te zumban los oidos, quieres vomitar y Salir huyendo a la vez. A unos cien metros de ti, acabas de ver algo grande, peludo, escamoso y verde, dándote la espalda. Y en cuanto tú le has apuntado con la varita, con tu “Lumos” se ha girado en redondo hacia ti, mostrando unos temibles colmillos. Todo, en fracción de segundo y medio. Aún sigues de pie, con ganas de hacer pipi otra vez.
Caminas, lento, hacia atrás, sin darle la espalda, sin saber qué hacer, pero de ahí tienes que salir, de ahí tienes que huir gritando y agitando los brazos. Por alguna razón, estas mudo, las rodillas no quieren correr y una mano aferra la varita, mientras que la otra está pegada firmemente a un costado del cuerpo. Eso se llama Pánico. Un pánico lo suficientemente grande para sacar todo el coraje que tienes y volver apuntar a la criatura, que gruñe y baja lo que parece ser su “hocico” disponiéndose a saltar sobre ti. No te das cuenta, pero unos lagrimones inmensos recorren tu cara.
-“¡Incarcerus!”
Un chispazo a tus espaldas y un fogonazo que pasa cerca de tu oreja, van a dar a la criatura, que chilla se retuerce, grita y babea todo a su alrededor en tanto unas cuerdas la enrollan apretadamente. Caes al piso y giras la cabeza, con cara de loco. Es como una visión, la de un ángel con sandalias y cayado con una pequeña aura en la cabeza, mirándote con el ceño fruncido. Muy fruncido en realidad. Parpadeas, respiras, exhalas la tensión ahuecada en tus pulmones cuando ves a la Directora, con sus ropas de viaje (no un tocado de ángel) y maletas, observándote enojadísima, primero a ti, y luego al bicho feo.
-¿Uno no se puede ir unos días sin que haya criaturas matando alumnos? –Murmura, ahora te ignora, dirigiéndose a la criatura que aun sigue babeando y gruñendo en el suelo. Te levantas como puedes, tiemblas, tienes la cara empapada. Miras a la “cosa” con pavor.
-Pro… pro… -Tartamudeas –profesora ¿Qué era…?
-Le sugiero que vaya a su SC y llame a los prefectos a mi despacho –mira a la criatura con el ceño fruncido –Esto es un híbrido y son considerados clase cuádruple “x” por el Ministerio de Magia, usted, tiene suerte de estar vivo.
-OH… -¿Y que otra cosa puedes decir? –Yo… siento haber salido… estaba en mi Sc. Disculpe pero ¿un híbrido de qué?
-Ni el Ministerio lo sabe –Te interrumpe – solo se sabe que busca sitios con calor, oscuridad y carne joven, de no haber salido de su Sc o de no haberle apuntado con su varita luminosa, les habría devorado –Dice muy seca, cuando repara en lo traumada de tu expresión –Lo mejor sería que le acompañe, puede que haya más rondando por ahí –Apunta con su varita a los baúles en el piso, que salen disparados escaleras arriba, apunta a la criatura y murmura algo que no alcanzas a oir, pero que surte efecto, la criatura se inmoviliza. Procede luego a apuntar hacia unos corredores, de la punta de su varita salen varias figuras plateadas, que se reparten los pasillos –Alguien lo encontrará -Te observa -¿Quiere ir a la enfermería?-¿Uh…? –tardas un poco en contestar – no, está bien – Le hechas un vistazo a la criatura, sus garras son afiladas, te preguntas si no estuvo bajo tu cama todo el tiempo y si no tienes suerte de que no te atrapara los tobillos.
Al tiempo te encuentras caminando tras la directora, lo que te acarrea una sensación de alivio inmenso.
-Profesora ¿estas criaturas son… normales? Es decir – te avergüenzas - ¿existen en grandes cantidades? ¿Son frecuentes?
-Han aparecido de mano de algún Mago Tenebroso, Buscan las grandes aglomeraciones, pero por suerte no hay muchos en el mundo, de vez en cuando, algún niño muere en las ciudades muggles a causa de éstas criaturas, entonces el Ministerio de Magia procede a ocultar el hecho, buscar y eliminar a la criatura…aunque se suponía que ya no había más – Esto último lo murmura para sus adentros, no pudiste oirlo- Pero siempre subsisten las leyendas, y el ser humano es un ser racional y no es tan estúpido, usted es hijo de muggles ¿nunca le contaron la historia del ser que atrapa niños de los tobillos cuando bajan de la cama? ¿Nunca tuvo la sensación de que le observaban en la oscuridad? Debe hacerle caso a sus presentimientos, eso le ha salvado a usted hoy… a veces, cuando piensa que lo observan, es porque de verdad le están observando.
Fin.
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